Leyenda sobre la construcción de la mezquita de Bibi-Hanum: una época de esplendor arquitectónico y patrimonio cultural. Bibi-Hanum era la mujer favorita de Temur y la más bella de su harén. Cuando Te
Bibi-Janum era la esposa predilecta de Timur y la mujer más hermosa de su harén. Cuando Timur partió hacia una de sus campañas militares, a ella se le ocurrió la idea de hacerle un obsequio y, al mismo tiempo, inmortalizar su propio nombre: erigir una grandiosa mezquita que superara a todas las edificaciones existentes en escala, magnificencia y decoración. Para que los artesanos y obreros no dudaran de que disponía de los fondos necesarios, la soberana ordenó mostrarles los montículos de oro y piedras preciosas destinados a la edificación. Las obras comenzaron a bullir de actividad. Bibi-Janum encomendó la magna tarea a un joven arquitecto, quien no tardó en quedar perdidamente cautivado por la belleza de la reina.
La mezquita está prácticamente terminada; solo resta erigir el colosal arco del portal. Bibi-Janum visita las obras con asiduidad y apremia al arquitecto. Sin embargo, él no tiene prisa alguna, pues sabe con certeza que, una vez concluido su cometido, jamás volverá a contemplar la mezquita ni a su amada.
Entre tanto, Timur hace anunciar su inminente regreso. Bibi-Janum anhela con impaciencia la culminación de la obra. No obstante, el insolente arquitecto impone una condición: la mezquita solo quedará terminada si la reina le concede un beso. La soberana arde en cólera: ¡el arquitecto parece haber olvidado ante quién se encuentra! Pero el joven se muestra implacable. Es entonces cuando Bibi-Janum recurre a una ingeniosa estratagema: ordena traer varios huevos pintados de llamativos colores.
«Observa estos huevos: todos lucen distintos por fuera, pero por dentro son exactamente iguales. ¡Así somos las mujeres! Puedes elegir a cualquiera de mis esclavas, te entregaré a la que desees». Ante esto, el arquitecto mandó traer dos copas, vertiendo en una de ellas agua pura y cristalina, y en la otra vino blanco. «Observa estas dos copas: parecen idénticas. Pero al beber de una, nada siento; en cambio, al beber de la otra, el fuego me calcina por dentro. ¡Así de abrasador es el amor!»
Mientras tanto, Timur se aproxima ya a la capital. Bibi-Janum está fuera de sí por la angustia: la monumental sorpresa que con tanto esmero preparó para su esposo no puede quedar inconclusa. Incapaz de permitir semejante desenlace, la reina consiente el beso. Mas, en el instante del beso, cubre su rostro con un cojín (según otras versiones, con la palma de la mano); aun así, fue tanta la pasión y el ardor del beso que dejó una marca imborrable sobre la mejilla de la hermosa soberana.
Y así, Timur hizo su entrada triunfal en la capital; ante su mirada maravillada se desplegó en toda su gloria la mezquita de los viernes, el sublime regalo de su amada esposa. Imaginen, pues, la tribulación de Bibi-Janum cuando su perspicaz esposo advirtió aquella misteriosa marca en su mejilla.
Un destino fatal aguardaba al arquitecto. Consciente de ello, ascendió a uno de los estilizados minaretes que había erigido junto a su discípulo. Los guerreros subieron prestos tras él, pero al alcanzar la cúspide solo hallaron al aprendiz. «¿Dónde está el maestro?», inquirieron con premura. «El maestro se hizo alas y alzó el vuelo rumbo a Mashhad», respondió el joven. Así es como relata la leyenda.