La religión en Uzbekistán: un mosaico cultural de tolerancia y libertad. Asia Central, desde hace milenios un lugar de diversidad cultural y de convivencia armoniosa entre diferentes religiones
Asia Central, un enclave de diversidad cultural y convivencia armónica entre distintas comunidades religiosas desde hace milenios, alberga en Uzbekistán un fascinante mosaico de tradiciones y prácticas espirituales. En este país situado en la histórica Ruta de la Seda, la religión siempre ha impregnado el tejido cultural, uniendo a los pueblos más allá de su procedencia étnica o nacional.
La Constitución de Uzbekistán establece principios fundamentales muy claros: las organizaciones y asociaciones religiosas están separadas del Estado y son iguales ante la ley. El Estado respeta la diversidad confesional y no interfiere en las actividades de las religiones ni de sus comunidades. Este marco legal, consagrado en la Carta Magna, garantiza a los ciudadanos el libre ejercicio de su fe y salvaguarda al mismo tiempo la independencia de las entidades religiosas.
El islam se erige como la fe mayoritaria en Uzbekistán, donde aproximadamente el 75 % de la población profesa el credo musulmán, perteneciente sobre todo a la corriente suní y, en particular, al madhab hanafí. El 25 % restante comprende a cristianos y judíos, destacando de forma especial los judíos de Bujará, quienes conforman una arraigada minoría religiosa. Este polifacético tejido espiritual es el reflejo vivo de la fecunda mezcla histórica de culturas y credos que ha tenido lugar en estas tierras a lo largo de los siglos.
En 1991 se aprobó la ley «Sobre la libertad de conciencia y las organizaciones religiosas», que marcó un auténtico hito en el régimen jurídico de las entidades confesionales. Los ciudadanos obtuvieron el derecho a profesar su fe de manera individual o colectiva, celebrar ritos y peregrinar a los lugares sagrados. Asimismo, esta ley otorgó a las organizaciones religiosas el derecho a la propiedad privada, consolidando su estatus de persona jurídica. En años posteriores se promulgaron nuevas reformas legislativas con el fin de definir y afianzar el papel de estas comunidades en Uzbekistán.
Los dirigentes de las instituciones religiosas en Uzbekistán son, por norma general, ciudadanos del país que cuentan con la formación teológica correspondiente. Estas disposiciones no solo quedaron consagradas en la ley «Sobre la libertad de conciencia y las organizaciones religiosas», sino que también se incorporaron a otros cuerpos legales de la República de Uzbekistán. Una estructuración y regulación diáfana de las actividades religiosas contribuye a mantener un armonioso equilibrio entre la libre práctica de la fe y la protección frente a posibles abusos.
La coordinación de las actividades de todas las mezquitas recae en la Administración Espiritual de los Musulmanes de Uzbekistán, cuya máxima autoridad es el Muftí. Esta administración vela por el funcionamiento de centros de enseñanza emblemáticos como la madrasa Mir-i Arab en Bujará y el Instituto Islámico en Taskent. Asimismo, tiene bajo su tutela unas 80 mezquitas. Otra muestra de este florecimiento cultural y espiritual es la editorial propia del Consejo Espiritual, «Movarounnahr», responsable de reconocidas publicaciones como la revista «Hidayat» y el periódico «Islom nuri».
Con el propósito de promover el conocimiento del rico legado del islam, en 1995 se fundó en Taskent el Centro Internacional de Estudios Islámicos. Poco después, en 1999, la Universidad Islámica de Taskent abrió sus puertas para ofrecer una formación académica integral en esta disciplina. Estas instituciones educativas contribuyen decisivamente a profundizar en el saber islámico y a poner en valor la trascendencia de la religión en su contexto cultural.
El compromiso con la paz y la armonía interreligiosa se hace patente a través de diversas iniciativas. En 1995 se celebró en Taskent la destacada conferencia cristiano-musulmana «Vivir juntos bajo un mismo cielo», que congregó a representantes del Consejo Mundial de Iglesias y de distintas confesiones internacionales. Este acontecimiento puso de relieve la vocación de Uzbekistán por el diálogo interreligioso y la convivencia pacífica.
Las conmemoraciones del 125 aniversario de la Administración Diocesana de la Iglesia Ortodoxa Rusa en 1996 tuvieron un hondo calado histórico. Por primera vez en la historia del patriarcado en Asia Central, el patriarca Alejo II de Moscú y de Toda Rusia participó en las celebraciones. Ese mismo año, la comunidad evangélica luterana festejó el centenario de su único templo en Asia Central.
Otro hito fundamental en el panorama religioso de Uzbekistán fue la inauguración de la iglesia católica romana en Samarcanda en marzo de 1999. El templo fue restituido a la comunidad en diciembre de 1997 y simboliza la apertura del país hacia las diversas confesiones. La participación de delegados de distintos credos en los actos de las organizaciones religiosas pone de manifiesto la unidad en la diversidad y el anhelo común de mutuo entendimiento.
Junto a las entidades religiosas, las instituciones de la sociedad civil también desempeñan un papel crucial en la promoción de la concordia y la tolerancia. La Academia de Construcción Estatal y Social, la Fundación Konrad Adenauer, el KITC, el Comité de Mujeres de Uzbekistán y organizaciones comunitarias como Mahalla y Nuroniy son actores esenciales en esta labor. Mediante encuentros, foros y simposios, convocan a representantes de todas las confesiones para impulsar un diálogo abierto y enriquecedor.
Según los datos oficiales del 1 de junio de 2010, en Uzbekistán estaban formalmente registradas 2.225 organizaciones religiosas pertenecientes a 16 confesiones distintas:
Las siguientes confesiones cristianas operan oficialmente en Uzbekistán:
En las pintorescas tierras de Uzbekistán habita una estimada comunidad de hasta 10.000 judíos bujarianos y asquenazíes. Esta vibrante presencia judía se extiende por los oasis urbanos de Taskent, la histórica Bujará y la mística Samarcanda. En el corazón palpitante de estas ciudades se despliega el singular mosaico cultural de esta comunidad.
A lo largo de las últimas dos décadas, más de 80.000 judíos dieron el audaz paso de dejar atrás sus raíces en Uzbekistán para emigrar a Israel y a los Estados Unidos. Estos movimientos migratorios responden principalmente a motivos económicos, en una búsqueda constante de nuevas oportunidades y horizontes prometedores en tierras lejanas.
La Constitución de Uzbekistán, guardiana de los derechos y libertades fundamentales, manifiesta el principio de la libertad religiosa en su forma más pura: un tesoro del que goza por igual cada ciudadano del país. En sus líneas queda consagrado el derecho inalienable de profesar cualquier religión o ninguna. Esta sublime libertad para elegir una fe o adoptar una postura agnóstica ante la vida se encuentra en plena armonía con los derechos humanos fundamentales.
Otro luminoso rasgo de la Constitución uzbeka es el rotundo rechazo a cualquier forma de coacción o presión en torno a las convicciones religiosas. Imponer creencias o forzar dogmas religiosos se declara taxativamente inadmisible. Esta disposición transmite un firme mensaje de tolerancia y respeto por la libertad de fe individual, pilar de una sociedad pluralista y abierta.
Así continúa tejiendo Uzbekistán su tapiz cultural, brindando espacio a la diversidad de credos. La comunidad judía, arraigada en las ciudades históricas del país, contribuye a la fascinante armonía de esta melodía espiritual. En Taskent, Bujará y Samarcanda se despliega el rico legado de la cultura judía, impregnado con los aromas de la historia y los vivos colores de la tradición.
Aunque muchos judíos han emigrado de Uzbekistán en los últimos años, permanece una comunidad dinámica firmemente unida a esta fascinante tierra. El esplendor de su presencia se refleja en las luminosas sinagogas que adornan el paisaje urbano desde Taskent hasta Samarcanda, donde el pasado y el presente confluyen en un rico relato sobre el patrimonio cultural de Uzbekistán.
En esta sinfonía cultural, los derechos y libertades fundamentales se transforman a través de la Constitución en una dulce melodía que celebra la diversidad y la convivencia armónica. La libertad de culto, la posibilidad de recorrer el propio camino espiritual sin coacción ni intromisiones, es un valioso don que acoge por igual a todos los ciudadanos de Uzbekistán.
Así avanza Uzbekistán, una tierra célebre no solo por sus Rutas de la Seda y sus majestuosas mezquitas, sino también por su actitud abierta y tolerante hacia las creencias de sus habitantes. En los callejones de Bujará y en las plazas de Samarcanda sigue tejiéndose este tapiz cultural: una obra maestra de libertad religiosa que permite a cada individuo forjar su viaje espiritual en plenitud, libre de cualquier tipo de coacción.